Por qué el Síndrome de Diógenes es especialmente grave en Durango, Vizcaya
Imagina un piso en la calle Kurutziaga, en pleno casco histórico de Durango. Un edificio de los años setenta, fachada de piedra arenisca, ventanas que dan a un patio interior. Desde hace meses los vecinos del rellano notan un olor penetrante que se filtra por debajo de la puerta. La persona que vive ahí —probablemente mayor, probablemente sola— dejó de bajar al mercado de la Plaza Santa Ana. Las bolsas de basura se apilan en el pasillo. Los objetos crecen como una marea silenciosa: periódicos, ropa, envases, restos de comida. El clima atlántico de Durango no perdona: con una humedad relativa que ronda el 70-80% durante gran parte del año y precipitaciones que superan los 1.200 mm anuales, cualquier acumulación orgánica se convierte en caldo de cultivo de moho, hongos y bacterias en cuestión de semanas. En otros climas más secos la descomposición es lenta; aquí, en el corazón del Duranguesado, rodeado de los montes Upo y Oiz que atrapan la humedad cantábrica, el deterioro es acelerado y silencioso.
Las consecuencias van mucho más allá del mal olor. Una vivienda con síndrome de Diógenes en Durango que no recibe atención profesional a tiempo puede evolucionar hacia una emergencia sanitaria real. La materia orgánica en descomposición genera amoníaco, sulfuro de hidrógeno y compuestos orgánicos volátiles que afectan gravemente a las vías respiratorias, especialmente en menores y personas mayores que viven en el mismo edificio. Las cucarachas, ratas y ratones —facilitados por la proximidad al río Mañaria y a las zonas verdes periurbanas— encuentran en estos pisos refugio y alimento, y desde ahí colonizan el resto del inmueble. Para los vecinos de Landako, Ibaizabal o Faustebekoa, esto no es un problema abstracto: es una factura de desinsectación a cargo de la comunidad, una denuncia ante el Ayuntamiento de Durango, o en el peor de los casos, un proceso judicial por insalubridad que puede llevar meses. Y para la familia del afectado, es la angustia silenciosa de saber que hay un problema grave y no saber a quién llamar.
«En Durango, la humedad atlántica transforma un problema de salud mental en una emergencia sanitaria para toda la comunidad. Cada semana sin intervención profesional, el daño crece.»
Afortunadamente, existe una solución. No tienes que gestionarlo solo, ni exponerte a entrar en esa vivienda sin protección, ni mantener conversaciones imposibles con tu familiar. En Durango y en toda la comarca de Durangaldea hay empresas especializadas en limpieza de acumulación compulsiva que conocen esta realidad de primera mano: los edificios históricos del casco viejo donde el acceso es limitado, las comunidades de vecinos de los bloques de Ezkurdi con sus portales estrechos, los chalés de la zona de Eguzkitza con grandes superficies que requieren equipos amplios, los caseríos de la periferia de Iurreta o Abadiño. Una empresa local entiende estos matices. No es lo mismo intervenir en un bajo de la calle Barrenkalea que en un cuarto piso sin ascensor de la Avenida Landako.
Los datos hablan por sí solos. En España se diagnostican aproximadamente 3.200 nuevos casos de síndrome de Diógenes cada año, con un riesgo estimado del 3% entre los mayores de 65 años. Bizkaia, con un índice de envejecimiento superior a la media nacional y una alta proporción de hogares unipersonales en municipios como Durango, es un territorio especialmente sensible. A eso se suma que el parque de viviendas de Durango incluye un alto porcentaje de edificios anteriores a 1980, con instalaciones de saneamiento más vulnerables y mayor facilidad para que los olores y las plagas se propaguen entre plantas. No es alarmismo: es la realidad de muchas familias de la comarca que, en algún momento, necesitan esta ayuda.
Hay además una dimensión que pocas veces se habla abiertamente: la culpa y la parálisis. La hija que lleva meses sin poder entrar al piso de su madre en la calle Kalebarria. El hermano que vive en Bilbao y no sabe cómo afrontar la situación cuando visita a su padre en Durango. El hijo que hereda un piso en el barrio de Kurutziaga tras el fallecimiento de un progenitor y se encuentra ante una vivienda que lleva décadas acumulando. La acumulación compulsiva y el síndrome de Diógenes generan una mezcla de vergüenza, agotamiento y parálisis en el entorno familiar que retrasa la intervención mucho más de lo recomendable. Y mientras tanto, la Ley de Propiedad Horizontal y la normativa de salud pública del Ayuntamiento de Durango marcan plazos. La situación tiene solución, pero cuanto antes se actúe, menos trauma, menos coste y menos daño para todos.